Aquilino es un hombre de bien, un español tradicional de los que ya no quedan. Siempre ha gustado de la buena comida castellana; del arte de la fiesta taurina; de la vibrante melodía del himno nacional; de los excitantes desfiles del ejército y la benemérita; de los alentadores discursos navideños de su Majestad el Rey; de las bendiciones del sumo Pontífice; de las columnas de opinión que no temen arremeter contra el vicio, la inmoralidad y la depravación; del calor humano de la salida de misa los domingos; de la buena compañía y conversación de un hombre culto y bien vestido; del esplendor físico de la escultura griega; de bailar un pasodoble; de beber buen vino; y del sagrado sacramento de la confesión.
Al señor Pollastre le duele su alma española ante el descarrío de la juventud; el libertinaje; las malas fachas; el babeo público de las parejas; la ineptitud del herético gobierno socialista; la literatura revolucionaria y azuzadora de los autores enemigos de la patria; los carnavales llenos de vulgaridad, degeneración y travestismo; la moda infame de la homosexualidad; los satánicos experimentos de la ciencia moderna; la destrucción de la vida en el útero; las saunas; el ruido de la música estroboscópica y el alarido de los adoradores del diablo; el hipismo y las caravanas; y sobre todo cuando hombres cultos, inteligentes, guapos y bien vestidos se deleitan escuchando a divas del pecado como Mónica Naranjo y Rafaela Carrà.
domingo, 22 de noviembre de 2009
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